Crónicas de nuestro tiempo
Unknown
|
6:36
|
Cultura
,
Nacionales
Fragmentos del nuevo libro de Hernán Brienza

La sorpresiva recomendación de Cristina Kirchner a Hugo Chávez del libro El Loco Dorrego. El recordatorio del aniversario del golpe, en 2012. La muerte de Jorge Rafael Videla en prisión. Una recopilación de textos que recuerdan esos y otros episodios.
Manuel Dorrego
en la Unasur?
No suele ocurrirme que me levante una mañana y un mensaje de texto en el celular enviado por mi amigo Mariano Feuer me alerte: “Felicitaciones! Ahora te recomiendan entre presidentes… entrá a Twitter ya!”. (…)lo que nunca me sucede es que dos presidentes demo¬cráticos que están dentro de la línea nacional, popular y ameri¬canista hablen de un libro escrito por mí. Leer la recomendación que hizo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a su par venezolano Hugo Chávez me dejó varios minutos sin poder de re¬acción frente a la máquina. (…)
Hace dos semanas una fuente de gobierno me pidió un ejemplar de El Loco Dorrego. Le envié dos: uno para él y otro para la Presidenta. Fue un acto impensado de mi parte. (…)uno de los políticos con mayor futuro de mi generación me mandó un escueto “tu libro le está gustando mucho”. Me di por hecho. A la presidenta de la Nación le gusta mi libro. No es poca cosa.
(…) la conferencia en cadena nacional en la cual el presidente venezolano habló de mí y de Dorrego. Era obvio que debía hacerle llegar mi libro con dedicatoria incluida. Fui hasta la embajada de su país y me trataron muy amablemente. (…) Un día después, Chávez me agradeció en la conferencia de prensa al pie de su avión mi dedicatoria y mostró mi libro. Si alguien lo hubiera planeado, no habría salido tan bien. (…)
Pido perdón por estos tres párrafos estúpidamente egocéntricos. Pero Fernando Capotondo, jefe de redacción del diario, me pidió que contara la historia de estos saludos cruzados, y como es mi jefe, no pude desobedecerlo. Por suerte, toda vanidad tiene su hoguera. Y voy a entrar en razones.
Hay un signo en lo que ocurrió esta semana (…) con Manuel Dorrego. No debiera ser capricho que en pleno golpe de Estado contra un presidente popular y democrático como el ecuatoriano Rafael Correa, dos presidentes latinoamericanos se enfrascaran en la vida del primer líder popular de la historia argentina que fue derrocado y luego fusilado por sus enemigos. Como si Dorrego estuviera allí para recordarnos quiénes y por qué quiebran el orden institucional en nuestros países (…)
Porque lo que no soportaron los políticos y los intelectuales de la burguesía comercial porteña es que el líder del Partido de los Populares –como se llamó en un principio el Partido Federal–, el “padrecito de los pobres”, como lo llamaban los orilleros, gobernara y llevara adelante un proyecto diferente al de ellos. Por eso lo mataron. Por eso cortaron “la cabeza de la hidra”, como le escribió Varela a Juan Lavalle, el autor material del crimen. Porque querían ejemplificar al pueblo para que supiera que no debía osar gobernar nunca más en la Argentina.
Es interesante la vida de Dorrego: (…) Un protagonista de la historia sepultado porque era incómodo para todos. Especialmente para la historia oficial que no podía explicar por qué los liberales unitarios habían derrocado un gobierno leal y legítimo y habían fusilado al mandatario. Dorrego es el primer defensor del voto universal; su federalismo es doctrinario y no intuitivo (su discurso en la Legislatura sobre las economías regionales es imperdible); se entrevista varias veces con Simón Bolívar en 1826 para pedirle que los ejércitos republicanos del continente se unieran contra los imperiales en Brasil, porque era un convencido de que América debía ser una Confederación de naciones (…).Pero lo más interesante es su plan de gobierno: reducción de deuda pública enfrentando al capital financiero inglés, desmonopolización de los productos de necesidad básica y control de precios de productos como el pan, extensión de la frontera para aumentar la producción agrícola-ganadera, el intento de confeccionar una Constitución federal con el apoyo de las provincias frente al centralismo porteño y la defensa de la integridad del territorio nacional.
Por último, Dorrego tiene algo para decirnos respecto del quiebre de las democracias. El golpe de diciembre de 1828 es la matriz de la mayoría de los golpes de Estado del siglo xx (…) me animaría a decir que el modelo se repite en otros rincones del continente. Por eso, la aparición de Manuel en la cumbre de la Unasur no es inocente. Rafael Correa, un presidente popular, era víctima de un golpe de Estado que ponía en peligro su propia vida. Y Dorrego estaba allí, como un recuerdo, como un llamado de alerta, como un toque de atención. Posiblemente, no haya mejor homenaje en este año de los Bicentenarios latinoamericanos para Manuel que el hecho de que su figura y su triste final sirvan para alumbrar la defensa de la democracia en nuestros países. Si es así, ni su muerte ni su olvido fueron en vano.
Publicado en Tiempo Argentino
el 3 de octubre de 2010
El violento oficio de la memoria
(…) “Un pueblo que no conoce su pasado no puede encontrarse en el presente ni saber hacia dónde se dirige en el mañana”, dice la remanida frase que, a fuerza de ser repetida hasta el hastío, ha perdido su razón. Y es que el pasado está allí para servirnos, para que lo podamos utilizar, para contarnos lo que fuimos, lo que somos, lo que podemos ser. Tiene una estructura, una funcionalidad, una dirección. ¿Cuánto de verdadero pasado hay en un “pasado” que nos direcciona el futuro? ¿Cuánto de efectivo tiene un pasado que se repite y se repite y se repite? Como cuando éramos niños y repetíamos una palabra infinidad de veces para vaciarla de sentido y significado, y cuando terminábamos de hacerlo ya no sabíamos qué quería decir exactamente. Lo mismo puede ocurrir con un “pasado” si se repite sin reflexión, sin pensamiento, sin desgarramientos. Porque recordar duele y conmueve. Y si no es así se trata simplemente de un suceder de imágenes y discursos pegados (…).
No hay ninguna duda de que el pasado no es la memoria. Que es algo intangible, inaprensible, desaparecido. Pero que ha dejado impreso su suceder en forma de recuerdos. Pero la memoria no son los recuerdos individuales y/o colectivos. La memoria es una construcción, un recorte, un relato. La memoria tiene una intencionalidad. Es de naturaleza política (…).
(Digresión 1: debo reconocer que el abuso de la palabra “relato” me produce urticaria. Porque lo ficcional esconde algo de adulterado, de mentira. Un relato está allí para suplantar una realidad plural. El relator aparece entonces con una subjetividad y una centralidad que deja de lado la “única verdad” –dicho esto con ironía–. (…)).
La memoria no es un lienzo blanco. Ni siquiera la historia, esa colección de interpretaciones con distintos grados de rigurosidad y de prepotencias metodológicas, es un espacio aséptico. Menos, entonces, la memoria que no es otra cosa que un campo de batalla con vencedores y vencidos. (…) Porque, como dijo alguna vez Franco Vitali, “la historia la ganan los que escriben”. Y algo similar ocurre con la memoria, que tiene, como la historia, un origen, una existencia y un uso político.
El 24 de marzo de 1976 nos obliga a hacer memoria. Porque significa el horror humano en toda su dimensión: la muerte organizada, la violación metódica, la tortura sistemática. (…) Es el que nos muestra el peor de nuestros rostros como sociedad y como pueblo. Nos demuestra de lo que somos capaces cuando alimentamos nuestras miserias y nuestros odios. Pero esa fecha –“caprichos del calendario”, los llamaría Jorge Luis Borges – también encierra los otros 24 de marzo que contiene nuestra historia: el golpe asesino contra Manuel Dorrego, la coalición internacional que en Caseros des¬tituyó a Juan Manuel de Rosas, la campaña contra los pueblos originarios en el ochenta, el decadente e iniciático golpe del uriburismo contra Hipólito Yrigoyen, el salvaje bombardeo contra población civil de junio de 1955 –solo los nazis con Guernica, los aliados con Dresde y los estadounidenses en Nagasaki e Hiroshima se animaron a un crimen de guerra semejante, con la única diferencia de que se trataban de pueblos ajenos o enemigos y no de su propio país – y la asonada contra Arturo Illia.
(Digresión 2: Los discursos de la memoria siempre parecen políticamente correctos, con una positividad progresista y funcio¬nales a la lógica de evitar que los horrores vuelvan a producirse. Sin embargo, muchas veces son utilizados como un método de amedrentamiento, como una amenaza sobre el regreso del pasado: “Si se vuelven a plantear cambios revolucionarios, si se intenta tocar las renta de los poderosos, si el pueblo decide intentar gober¬nar […] otra ESMA es posible, otra dictadura más atroz y brutal puede surgir para volver a reequilibrar el tablero del poder”. Hay además una utilización reaccionaria de la memoria a la que tam¬bién hay que estar atentos para desarticular. El “show del horror” que a principios de los años ochenta los medios de comunicación cómplices de la dictadura camuflaron por investigación no era otra cosa que un exhibicionismo aleccionador para la sociedad).
(…) tampoco hay una sola memoria. Existe una pluralidad de memo¬rias acordes a cuantos recuerdos haya. (…)Por esa razón, la “memoria colectiva” es un recorte de la confede¬ración de memorias individuales. Es un recorte, un abandono de muchas otras posibilidades. Y ese troquelado, claro, es una impo¬sición producto de una hegemonía política.
Ayer, los argentinos conmemoramos el Día de la Memoria, decidimos recordar lo peor que hemos sido en los últimos cien años. Diría que, paradójicamente, hemos recordado lo que incluso en aquellos años habíamos decidido ignorar como sociedad, he¬mos recordado aquello que quisimos tapar bajo la alfombra (…) Milán Kundera, el escritor checo, sostiene que los pueblos también son responsables por aquello que deciden ignorar. Y estoy de acuerdo con esa sentencia.
Ayer, no recordamos la memoria de la amnistía, ni la teoría de los dos demonios, ni la política del “olvido, la reconciliación y el perdón”. Conmemoramos el pasado (…) desde una memoria particular y generalizada: recortado ese 24 de marzo de 2004, cuando el por entonces presidente de la Nación Néstor Kirchner pronunció uno de los discursos bisagra de la democracia argentina, cuando dijo: “Las cosas hay que llamarlas por su nombre y acá, si ustedes me permiten, ya no como compañero y hermano de tantos compañeros y hermanos que compartimos aquel tiempo, sino como presidente de la Nación argentina, vengo a pedir perdón de parte del Estado Nacional por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia por tantas atro¬cidades. Hablemos claro: no es rencor ni odio lo que nos guía y me guía, es justicia y lucha contra la impunidad. A los que hicieron este hecho tenebroso y macabro de tantos campos de concentra¬ción, como fue la ESMA, tienen un solo nombre: son asesinos repudiados por el pueblo argentino”.
(…) Ya vendrán tiempos en los que, gracias a la acción definitiva de la justicia, podremos los ar¬gentinos decir con Martín Fierro que “Es la memoria un gran don, / calidá muy meritoria; / y aquellos que en esta historia / sospechen que les doy palo, / sepan que olvidar lo malo / también es tener memoria”. Pero solo cuando no haya ni un mínimo resquicio de impunidad, los argentinos podremos entregarnos al descanso del olvido. Mientras tanto, seguiremos (…) como diría Juan Gelman: recordando. Porque a la brutal violencia del horror sembrada por la última dictadura militar, los argen¬tinos, entonces, vamos a continuar imponiendo una vez más el violento y conmovedor oficio de hacer memoria.
Publicado en Tiempo Argentino
el 25 de marzo de 2012
La muerte de Videla nos hizo más libres (La muerte de Videla en prisión nos hace más libres)
Alguna vez iba a ocurrir. Tarde o temprano iba tener que morir. Él, que había sido el símbolo máximo del “mal radical”, se fue una mañana soleada. Pero murió en una celda común. Allí, donde ninguna luz puede ingresar. Murió en el lugar que la justicia de los hombres (…) le otorgó por sus crímenes. Jorge Rafael Videla. Videla para la mayoría de los argentinos. Un apellido atroz. Y que será recordado por décadas y décadas. Fue el gran dictador argentino. No hay otro como él. Y esperemos que no vuelva a haberlo. Comandó la dictadura militar más sangrienta de nuestra historia. Las que más personas torturó y asesinó en todo el siglo xx. (…)
Videla era portador de una siniestra dignidad. No se disfrazó de enfermo como hicieron otros jerarcas –Augusto Pinochet con su silla de rueda o como Antonio Bussi con la sonda nasal– ni se arrepintió de su macabro accionar. Siempre asumió la responsabi-lidad política y militar de las atrocidades que cometió la dictadura militar que el comandó. Y hasta reivindicó su pasado. Eso lo dife¬rencia de otros jerarcas mezquinos que no tenían el valor suficien¬te para enfrentar sobrios a la justicia. (…) Videla no. Siempre asumió lo que había sido.
(…) Es difícil poder escribir algo nuevo sobre Videla después de todo lo que se ha escrito mientras estaba vivo. Pero supongo que recién ahora que él murió en prisión vamos a poder pensarlo con libertad. Reflexionar sobre qué significó Videla en el vientre de la sociedad. Porque la sociedad argentina fue en aquella segunda mitad de la década del setenta un poco Videla. (…) Tanto ha sido así que durante los años posteriores, es decir, los de la instauración democrática, un gran sector de la clase media –e incluso también de otros decibeles sociales– decidieron ignorar lo que sabían o decidir dar vuelta la página intentando olvidar lo que no querían seguir recordando. Incluso algunos intelectuales y periodistas ex progresistas han comprado su pase a la derecha –defender el terrorismo de Estado no es complejizar el debate por la violencia sino que es simplemente defender el terrorismo de Es¬tado y será siempre de derecha– intentando galimatías y piruetas como “habría que perdonarlo”, recuperar la teoría de los Dos De¬monios o hacerse el harto con los derechos humanos.
Porque complejizar el debate sería tratar de profundizar la comprensión de por qué una persona común se convierte en Vide¬la, qué condimentos individuales pero también sociales conducen a la violencia política, cuáles son las condiciones previas (…). Es decir, de qué manera una sociedad se prepara para la violencia: cuales son las operaciones de deshumanización del Otro, que per¬miten cosificarlo, despersonalizarlo, arrancarles derechos y, por lo tanto, posibilitan la anulación, el aniquilamiento del cosificado. (…)
Los que hoy cosifican al Otro también son Videlas. También están dispuestos a convertirse en Videlas. Y no lo digo como chi¬cana. Lo digo como peligrosa certeza. Porque considerar a otro Videla, también es ser un poco Videla (…).
La muerte de Videla en prisión nos hace más libres. Nos permi¬te la libertad de repensar y reflexionar sobre nuestras propias vio¬lencias. Porque, claro, también hay que revisar desde las prácticas de izquierda la violencia de las izquierdas en los años setenta. Y esto incluye reconocer los errores, los desaciertos (…). Y esto no incluye reponer la Teoría de los dos demo¬nios. Significa, repensar los setenta bajo otras claves de análisis. El terrorismo de Estado es injustificable. Incluso desde el más radical de los liberalismos. Pongo un ejemplo extremo: una sociedad no puede negarle la posibilidad a un individuo de convertirse en un delincuente. En última instancia es una decisión individualísima. Lo que tiene es el derecho de exigirle al Estado que reprima con todas las herramientas de la ley a esas individualidades que han tomado una decisión equivocada. Pero el Estado no puede convertirse jamás en una maquinaria delictiva. Porque avasalla todo tipo de libertades individuales. A partir de aquí, incluso de esta matriz liberal de aná¬lisis, se pueden complejizar cualquier debate. La actuación de las or¬ganizaciones político-militares (…)no pueden justificar jamás el avasallamiento por parte del Estado de todos los derechos del hombre. Si el Estado se vuelve criminal, totalitario, ya no hay parámetros para la vida social.
Obviamente, esta es una argumentación liberal. Desde otras perspectivas se podrán agregar elementos, matices, conflictividades que superan y enriquecen este planteo.
(…)
Muchos desde la derecha más rancia creen que los juicios con¬tra los delitos de lesa humanidad forman parte del resentimiento y la venganza del kirchnerismo. Es un enunciado, al que gene¬ralmente se le suma un agregado supuestamente progresista que reza: “Utilizan los Derechos Humanos”. (Puede escuchar esta ar¬gumentación todos los días en Radio Mitre, por ejemplo). Lo fun¬damental de la política de Derechos Humanos es que reconstituye la autoridad del Estado y su legitimidad de represión. Porque solo en un país en el que los dictadores y asesinos de miles de personas van presos se convierte en justo que los evasores fiscales, que los ladrones de gallina y los asaltantes de caminos puedan ir presos. Como verá, estimado lector, hasta desde una lógica republicana conservadora la política de los juicios es fundamental.
Una última cosa más. Que Videla haya muerto en prisión me produce un extraño orgullo por el presente de mí país. Muchos sec¬tores bien intencionados se conduelen porque Videla no se arrepintió, por se llevó a la tumba la información. Es atendible el reclamo, claro. Pero hay que mirar la situación con perspectiva histórica: el dictador chileno Augusto Pinochet murió en libertad, el español Francisco Franco murió en libertad, Adolf Hitler se suicidó en libertad, (…), todos los presidentes estadounidenses que masacraron pueblos murieron en libertad... Jorge Rafael Videla murió preso. Si uno conoce lo que es la humanidad, su historia, su miserabilidad, entenderán porque es tan importante lo que ocurrió el viernes: un pequeño milagro en un país del culo del mundo. Y se produjo porque hubo un gobierno empecinado en que se hiciera justicia. Videla po-dría haber muerto indultado. ¿No alcanza con que podría ser peor?, como diría el Indio Solari. La historia de la humanidad nos demues¬tra que seguramente no podría haber sido mejor de lo que resultó.
Publicado en Tiempo Argentino
el 19 de mayo de 2013
Nota sobre las imágenes de tapa: Alejandro Marmo es autor de las dos figuras de Evita emplazadas en las fachadas norte y sur del ex edificio de Obras Públicas, actual edificio del Ministerio de Salud y Desarrollo Social.
en la Unasur?
No suele ocurrirme que me levante una mañana y un mensaje de texto en el celular enviado por mi amigo Mariano Feuer me alerte: “Felicitaciones! Ahora te recomiendan entre presidentes… entrá a Twitter ya!”. (…)lo que nunca me sucede es que dos presidentes demo¬cráticos que están dentro de la línea nacional, popular y ameri¬canista hablen de un libro escrito por mí. Leer la recomendación que hizo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a su par venezolano Hugo Chávez me dejó varios minutos sin poder de re¬acción frente a la máquina. (…)
Hace dos semanas una fuente de gobierno me pidió un ejemplar de El Loco Dorrego. Le envié dos: uno para él y otro para la Presidenta. Fue un acto impensado de mi parte. (…)uno de los políticos con mayor futuro de mi generación me mandó un escueto “tu libro le está gustando mucho”. Me di por hecho. A la presidenta de la Nación le gusta mi libro. No es poca cosa.
(…) la conferencia en cadena nacional en la cual el presidente venezolano habló de mí y de Dorrego. Era obvio que debía hacerle llegar mi libro con dedicatoria incluida. Fui hasta la embajada de su país y me trataron muy amablemente. (…) Un día después, Chávez me agradeció en la conferencia de prensa al pie de su avión mi dedicatoria y mostró mi libro. Si alguien lo hubiera planeado, no habría salido tan bien. (…)
Pido perdón por estos tres párrafos estúpidamente egocéntricos. Pero Fernando Capotondo, jefe de redacción del diario, me pidió que contara la historia de estos saludos cruzados, y como es mi jefe, no pude desobedecerlo. Por suerte, toda vanidad tiene su hoguera. Y voy a entrar en razones.
Hay un signo en lo que ocurrió esta semana (…) con Manuel Dorrego. No debiera ser capricho que en pleno golpe de Estado contra un presidente popular y democrático como el ecuatoriano Rafael Correa, dos presidentes latinoamericanos se enfrascaran en la vida del primer líder popular de la historia argentina que fue derrocado y luego fusilado por sus enemigos. Como si Dorrego estuviera allí para recordarnos quiénes y por qué quiebran el orden institucional en nuestros países (…)
Porque lo que no soportaron los políticos y los intelectuales de la burguesía comercial porteña es que el líder del Partido de los Populares –como se llamó en un principio el Partido Federal–, el “padrecito de los pobres”, como lo llamaban los orilleros, gobernara y llevara adelante un proyecto diferente al de ellos. Por eso lo mataron. Por eso cortaron “la cabeza de la hidra”, como le escribió Varela a Juan Lavalle, el autor material del crimen. Porque querían ejemplificar al pueblo para que supiera que no debía osar gobernar nunca más en la Argentina.
Es interesante la vida de Dorrego: (…) Un protagonista de la historia sepultado porque era incómodo para todos. Especialmente para la historia oficial que no podía explicar por qué los liberales unitarios habían derrocado un gobierno leal y legítimo y habían fusilado al mandatario. Dorrego es el primer defensor del voto universal; su federalismo es doctrinario y no intuitivo (su discurso en la Legislatura sobre las economías regionales es imperdible); se entrevista varias veces con Simón Bolívar en 1826 para pedirle que los ejércitos republicanos del continente se unieran contra los imperiales en Brasil, porque era un convencido de que América debía ser una Confederación de naciones (…).Pero lo más interesante es su plan de gobierno: reducción de deuda pública enfrentando al capital financiero inglés, desmonopolización de los productos de necesidad básica y control de precios de productos como el pan, extensión de la frontera para aumentar la producción agrícola-ganadera, el intento de confeccionar una Constitución federal con el apoyo de las provincias frente al centralismo porteño y la defensa de la integridad del territorio nacional.
Por último, Dorrego tiene algo para decirnos respecto del quiebre de las democracias. El golpe de diciembre de 1828 es la matriz de la mayoría de los golpes de Estado del siglo xx (…) me animaría a decir que el modelo se repite en otros rincones del continente. Por eso, la aparición de Manuel en la cumbre de la Unasur no es inocente. Rafael Correa, un presidente popular, era víctima de un golpe de Estado que ponía en peligro su propia vida. Y Dorrego estaba allí, como un recuerdo, como un llamado de alerta, como un toque de atención. Posiblemente, no haya mejor homenaje en este año de los Bicentenarios latinoamericanos para Manuel que el hecho de que su figura y su triste final sirvan para alumbrar la defensa de la democracia en nuestros países. Si es así, ni su muerte ni su olvido fueron en vano.
Publicado en Tiempo Argentino
el 3 de octubre de 2010
El violento oficio de la memoria
(…) “Un pueblo que no conoce su pasado no puede encontrarse en el presente ni saber hacia dónde se dirige en el mañana”, dice la remanida frase que, a fuerza de ser repetida hasta el hastío, ha perdido su razón. Y es que el pasado está allí para servirnos, para que lo podamos utilizar, para contarnos lo que fuimos, lo que somos, lo que podemos ser. Tiene una estructura, una funcionalidad, una dirección. ¿Cuánto de verdadero pasado hay en un “pasado” que nos direcciona el futuro? ¿Cuánto de efectivo tiene un pasado que se repite y se repite y se repite? Como cuando éramos niños y repetíamos una palabra infinidad de veces para vaciarla de sentido y significado, y cuando terminábamos de hacerlo ya no sabíamos qué quería decir exactamente. Lo mismo puede ocurrir con un “pasado” si se repite sin reflexión, sin pensamiento, sin desgarramientos. Porque recordar duele y conmueve. Y si no es así se trata simplemente de un suceder de imágenes y discursos pegados (…).
No hay ninguna duda de que el pasado no es la memoria. Que es algo intangible, inaprensible, desaparecido. Pero que ha dejado impreso su suceder en forma de recuerdos. Pero la memoria no son los recuerdos individuales y/o colectivos. La memoria es una construcción, un recorte, un relato. La memoria tiene una intencionalidad. Es de naturaleza política (…).
(Digresión 1: debo reconocer que el abuso de la palabra “relato” me produce urticaria. Porque lo ficcional esconde algo de adulterado, de mentira. Un relato está allí para suplantar una realidad plural. El relator aparece entonces con una subjetividad y una centralidad que deja de lado la “única verdad” –dicho esto con ironía–. (…)).
La memoria no es un lienzo blanco. Ni siquiera la historia, esa colección de interpretaciones con distintos grados de rigurosidad y de prepotencias metodológicas, es un espacio aséptico. Menos, entonces, la memoria que no es otra cosa que un campo de batalla con vencedores y vencidos. (…) Porque, como dijo alguna vez Franco Vitali, “la historia la ganan los que escriben”. Y algo similar ocurre con la memoria, que tiene, como la historia, un origen, una existencia y un uso político.
El 24 de marzo de 1976 nos obliga a hacer memoria. Porque significa el horror humano en toda su dimensión: la muerte organizada, la violación metódica, la tortura sistemática. (…) Es el que nos muestra el peor de nuestros rostros como sociedad y como pueblo. Nos demuestra de lo que somos capaces cuando alimentamos nuestras miserias y nuestros odios. Pero esa fecha –“caprichos del calendario”, los llamaría Jorge Luis Borges – también encierra los otros 24 de marzo que contiene nuestra historia: el golpe asesino contra Manuel Dorrego, la coalición internacional que en Caseros des¬tituyó a Juan Manuel de Rosas, la campaña contra los pueblos originarios en el ochenta, el decadente e iniciático golpe del uriburismo contra Hipólito Yrigoyen, el salvaje bombardeo contra población civil de junio de 1955 –solo los nazis con Guernica, los aliados con Dresde y los estadounidenses en Nagasaki e Hiroshima se animaron a un crimen de guerra semejante, con la única diferencia de que se trataban de pueblos ajenos o enemigos y no de su propio país – y la asonada contra Arturo Illia.
(Digresión 2: Los discursos de la memoria siempre parecen políticamente correctos, con una positividad progresista y funcio¬nales a la lógica de evitar que los horrores vuelvan a producirse. Sin embargo, muchas veces son utilizados como un método de amedrentamiento, como una amenaza sobre el regreso del pasado: “Si se vuelven a plantear cambios revolucionarios, si se intenta tocar las renta de los poderosos, si el pueblo decide intentar gober¬nar […] otra ESMA es posible, otra dictadura más atroz y brutal puede surgir para volver a reequilibrar el tablero del poder”. Hay además una utilización reaccionaria de la memoria a la que tam¬bién hay que estar atentos para desarticular. El “show del horror” que a principios de los años ochenta los medios de comunicación cómplices de la dictadura camuflaron por investigación no era otra cosa que un exhibicionismo aleccionador para la sociedad).
(…) tampoco hay una sola memoria. Existe una pluralidad de memo¬rias acordes a cuantos recuerdos haya. (…)Por esa razón, la “memoria colectiva” es un recorte de la confede¬ración de memorias individuales. Es un recorte, un abandono de muchas otras posibilidades. Y ese troquelado, claro, es una impo¬sición producto de una hegemonía política.
Ayer, los argentinos conmemoramos el Día de la Memoria, decidimos recordar lo peor que hemos sido en los últimos cien años. Diría que, paradójicamente, hemos recordado lo que incluso en aquellos años habíamos decidido ignorar como sociedad, he¬mos recordado aquello que quisimos tapar bajo la alfombra (…) Milán Kundera, el escritor checo, sostiene que los pueblos también son responsables por aquello que deciden ignorar. Y estoy de acuerdo con esa sentencia.
Ayer, no recordamos la memoria de la amnistía, ni la teoría de los dos demonios, ni la política del “olvido, la reconciliación y el perdón”. Conmemoramos el pasado (…) desde una memoria particular y generalizada: recortado ese 24 de marzo de 2004, cuando el por entonces presidente de la Nación Néstor Kirchner pronunció uno de los discursos bisagra de la democracia argentina, cuando dijo: “Las cosas hay que llamarlas por su nombre y acá, si ustedes me permiten, ya no como compañero y hermano de tantos compañeros y hermanos que compartimos aquel tiempo, sino como presidente de la Nación argentina, vengo a pedir perdón de parte del Estado Nacional por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia por tantas atro¬cidades. Hablemos claro: no es rencor ni odio lo que nos guía y me guía, es justicia y lucha contra la impunidad. A los que hicieron este hecho tenebroso y macabro de tantos campos de concentra¬ción, como fue la ESMA, tienen un solo nombre: son asesinos repudiados por el pueblo argentino”.
(…) Ya vendrán tiempos en los que, gracias a la acción definitiva de la justicia, podremos los ar¬gentinos decir con Martín Fierro que “Es la memoria un gran don, / calidá muy meritoria; / y aquellos que en esta historia / sospechen que les doy palo, / sepan que olvidar lo malo / también es tener memoria”. Pero solo cuando no haya ni un mínimo resquicio de impunidad, los argentinos podremos entregarnos al descanso del olvido. Mientras tanto, seguiremos (…) como diría Juan Gelman: recordando. Porque a la brutal violencia del horror sembrada por la última dictadura militar, los argen¬tinos, entonces, vamos a continuar imponiendo una vez más el violento y conmovedor oficio de hacer memoria.
Publicado en Tiempo Argentino
el 25 de marzo de 2012
La muerte de Videla nos hizo más libres (La muerte de Videla en prisión nos hace más libres)
Alguna vez iba a ocurrir. Tarde o temprano iba tener que morir. Él, que había sido el símbolo máximo del “mal radical”, se fue una mañana soleada. Pero murió en una celda común. Allí, donde ninguna luz puede ingresar. Murió en el lugar que la justicia de los hombres (…) le otorgó por sus crímenes. Jorge Rafael Videla. Videla para la mayoría de los argentinos. Un apellido atroz. Y que será recordado por décadas y décadas. Fue el gran dictador argentino. No hay otro como él. Y esperemos que no vuelva a haberlo. Comandó la dictadura militar más sangrienta de nuestra historia. Las que más personas torturó y asesinó en todo el siglo xx. (…)
Videla era portador de una siniestra dignidad. No se disfrazó de enfermo como hicieron otros jerarcas –Augusto Pinochet con su silla de rueda o como Antonio Bussi con la sonda nasal– ni se arrepintió de su macabro accionar. Siempre asumió la responsabi-lidad política y militar de las atrocidades que cometió la dictadura militar que el comandó. Y hasta reivindicó su pasado. Eso lo dife¬rencia de otros jerarcas mezquinos que no tenían el valor suficien¬te para enfrentar sobrios a la justicia. (…) Videla no. Siempre asumió lo que había sido.
(…) Es difícil poder escribir algo nuevo sobre Videla después de todo lo que se ha escrito mientras estaba vivo. Pero supongo que recién ahora que él murió en prisión vamos a poder pensarlo con libertad. Reflexionar sobre qué significó Videla en el vientre de la sociedad. Porque la sociedad argentina fue en aquella segunda mitad de la década del setenta un poco Videla. (…) Tanto ha sido así que durante los años posteriores, es decir, los de la instauración democrática, un gran sector de la clase media –e incluso también de otros decibeles sociales– decidieron ignorar lo que sabían o decidir dar vuelta la página intentando olvidar lo que no querían seguir recordando. Incluso algunos intelectuales y periodistas ex progresistas han comprado su pase a la derecha –defender el terrorismo de Estado no es complejizar el debate por la violencia sino que es simplemente defender el terrorismo de Es¬tado y será siempre de derecha– intentando galimatías y piruetas como “habría que perdonarlo”, recuperar la teoría de los Dos De¬monios o hacerse el harto con los derechos humanos.
Porque complejizar el debate sería tratar de profundizar la comprensión de por qué una persona común se convierte en Vide¬la, qué condimentos individuales pero también sociales conducen a la violencia política, cuáles son las condiciones previas (…). Es decir, de qué manera una sociedad se prepara para la violencia: cuales son las operaciones de deshumanización del Otro, que per¬miten cosificarlo, despersonalizarlo, arrancarles derechos y, por lo tanto, posibilitan la anulación, el aniquilamiento del cosificado. (…)
Los que hoy cosifican al Otro también son Videlas. También están dispuestos a convertirse en Videlas. Y no lo digo como chi¬cana. Lo digo como peligrosa certeza. Porque considerar a otro Videla, también es ser un poco Videla (…).
La muerte de Videla en prisión nos hace más libres. Nos permi¬te la libertad de repensar y reflexionar sobre nuestras propias vio¬lencias. Porque, claro, también hay que revisar desde las prácticas de izquierda la violencia de las izquierdas en los años setenta. Y esto incluye reconocer los errores, los desaciertos (…). Y esto no incluye reponer la Teoría de los dos demo¬nios. Significa, repensar los setenta bajo otras claves de análisis. El terrorismo de Estado es injustificable. Incluso desde el más radical de los liberalismos. Pongo un ejemplo extremo: una sociedad no puede negarle la posibilidad a un individuo de convertirse en un delincuente. En última instancia es una decisión individualísima. Lo que tiene es el derecho de exigirle al Estado que reprima con todas las herramientas de la ley a esas individualidades que han tomado una decisión equivocada. Pero el Estado no puede convertirse jamás en una maquinaria delictiva. Porque avasalla todo tipo de libertades individuales. A partir de aquí, incluso de esta matriz liberal de aná¬lisis, se pueden complejizar cualquier debate. La actuación de las or¬ganizaciones político-militares (…)no pueden justificar jamás el avasallamiento por parte del Estado de todos los derechos del hombre. Si el Estado se vuelve criminal, totalitario, ya no hay parámetros para la vida social.
Obviamente, esta es una argumentación liberal. Desde otras perspectivas se podrán agregar elementos, matices, conflictividades que superan y enriquecen este planteo.
(…)
Muchos desde la derecha más rancia creen que los juicios con¬tra los delitos de lesa humanidad forman parte del resentimiento y la venganza del kirchnerismo. Es un enunciado, al que gene¬ralmente se le suma un agregado supuestamente progresista que reza: “Utilizan los Derechos Humanos”. (Puede escuchar esta ar¬gumentación todos los días en Radio Mitre, por ejemplo). Lo fun¬damental de la política de Derechos Humanos es que reconstituye la autoridad del Estado y su legitimidad de represión. Porque solo en un país en el que los dictadores y asesinos de miles de personas van presos se convierte en justo que los evasores fiscales, que los ladrones de gallina y los asaltantes de caminos puedan ir presos. Como verá, estimado lector, hasta desde una lógica republicana conservadora la política de los juicios es fundamental.
Una última cosa más. Que Videla haya muerto en prisión me produce un extraño orgullo por el presente de mí país. Muchos sec¬tores bien intencionados se conduelen porque Videla no se arrepintió, por se llevó a la tumba la información. Es atendible el reclamo, claro. Pero hay que mirar la situación con perspectiva histórica: el dictador chileno Augusto Pinochet murió en libertad, el español Francisco Franco murió en libertad, Adolf Hitler se suicidó en libertad, (…), todos los presidentes estadounidenses que masacraron pueblos murieron en libertad... Jorge Rafael Videla murió preso. Si uno conoce lo que es la humanidad, su historia, su miserabilidad, entenderán porque es tan importante lo que ocurrió el viernes: un pequeño milagro en un país del culo del mundo. Y se produjo porque hubo un gobierno empecinado en que se hiciera justicia. Videla po-dría haber muerto indultado. ¿No alcanza con que podría ser peor?, como diría el Indio Solari. La historia de la humanidad nos demues¬tra que seguramente no podría haber sido mejor de lo que resultó.
Publicado en Tiempo Argentino
el 19 de mayo de 2013
Nota sobre las imágenes de tapa: Alejandro Marmo es autor de las dos figuras de Evita emplazadas en las fachadas norte y sur del ex edificio de Obras Públicas, actual edificio del Ministerio de Salud y Desarrollo Social.
La Argentina de los Bicentenarios
En su currículum, Hernán Brienza se empeña en realizar una referencia no muy usual para un escritor y periodista tan cercano a la realidad política: es hincha de River. Además se puede asegurar que nació en Buenos Aires en 1971, y que además es politólogo y miembro de número del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Iberoamericano Manuel Dorrego. En la actualidad es editorialista de Tiempo Argentino y otros varios medios gráficos. También se desempeña como columnista político del programa Mañana más, que se emite por Radio Nacional. Trabajó en distintas secciones de los diarios La Prensa, Perfil y Crítica, cmo así también en las revistas Tres Puntos, TXT, Impacto y Acción, Ñ y Le Monde Diplomatique. Fue docente en la Universidad de Palermo y en la escuela de periodismo TEA. Brienza además es un prolífico escritor, autor de los libros Maldito tú eres. El Caso von Wernich (Marea, 2003), El loco Dorrego (Marea, 2007), Los buscadores del Santo Grial en la Argentina (2009), Valientes (Marea, 2010), Éxodo jujeño (2012) y El otro 17 (2012). En esta oportinidad advierte que hace "una lectura de los hechos más importantes de la primera década del siglo XXI pero con la mirada puesta al mismo tiempo en los días fundacionales de la Patria". Se trata de una recopilación de artículos periodísticos que intentan hacer un recorrido por la historia de la política y de los medios de comunicación en los últimos cinco años.
Crónicas de nuestro tiempo
2014-02-11T06:36:00-03:00
Unknown
Cultura
|
Nacionales
|