Un fragmento del libro de Stella Calloni Íntima, de Julio Ferrer y Héctor Bernardo


Stella Calloni y una profusa charla: su vocación, las primeras coberturas, el golpe en la Argentina, su estilo de hacer periodismo, su vida en el exilio mexicano, su visión del periodismo actual y su rol en la sociedad, su admiración por Rodolfo Walsh, entre muchos otros temas.

Cómo nace su vocación por el periodismo?                                                                       
–No sé si puedo llamarlo vocación por el periodismo. Creo que necesitaba escribir ante la impotencia que sentía en el campo donde nací y desde muy niña fui impactada  por las injusticias. La vida de los hacheros, su soledad. Esos eternos migrantes que eran los cosecheros, víctimas de las injusticias de los patrones del campo. Tantas otras imágenes  desoladoras y otras maravillosas del aprendizaje que tiene un niño en el campo, con tiempo para mirarlo todo. Como ya les relaté aprendí a leer a los cuatro años y esto también influyó en mi pasión por la lectura. Curiosamente de niña me impactaba la historia de la esclavitud, la historia de África y comencé a estudiarla. Lo que también recuerdo vívidamente es que mi padre italiano escuchaba con otros amigos de su país las radios de onda corta para saber sobre la guerra, la segunda guerra mundial. Y me impactaba lo que oía y luego las imágenes de los campos de concentración hitlerianos.  Aquellos fotografías macabras que comenzaron a aparecer en periódicos. Siempre recuerdo una imagen de camastros con prisioneros vestidos con trajes grises a rayas, todo ellos esqueléticos, con los ojos enormes y la mirada perdida y desesperada de los que han vivido el horror de los horrores. Yo tenía diez años y me quedaron grabadas estas cosas. Y sentí que tenía que hacer algo. Primero quería ser  monja misionera como se los conté. La esclavitud en África fue lo más terrible que pudo hacer el ser humano. La destrucción de una cultura especial, la devastación de un continente rico. La reducción de un pueblo libre a la esclavitud. Todo lo iba leyendo entonces. Lo comparaba con sucesos cotidianos de mi vida. 
–¿Cuál fue su cobertura más importante? 
–Mi primera cobertura importante fue el triunfo de Salvador Allende  en el ’70 en Santiago de Chile. En esos días lo conocí a Víctor Jara. Estuve en casa de amigos de la familia de Violeta Parra, y todo fue muy impresionante.  En la Peña de los Parra, con Isabel y Ángel Parra y toda la maravillosa familia de ellos, pasé momentos inolvidables. Allí cantaban ellos y Víctor Jara. Realmente Víctor tenía un rostro fuerte y una enorme sonrisa. Era un ser de otros mundos. En esos días y a través de varios amigos logré hablar brevemente con Salvador Allende, que sería electo presidente. Otro ser muy especial, de hablar suave pero contundente. No fue una entrevista pero sí una pequeña reunión. Era una persona maravillosa. La noche aquella del triunfo fue tan impactante. Cuando se conoció el triunfo  fuimos a La Alameda  donde la gente cantaba "el que no salta es momio" y te dabas cuenta de que eran los que la oligarquía llamaba “rotos”. Rostros sufridos, el reflejo de la enorme desigualdad que estaba escondida bajo las alfombras de una falsa democracia. Yo había ido a los barrios, a las poblaciones “callampas” (villas miserias), y entrevisté a dirigentes y militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y también a la dirigencia y militancia de la Unidad Popular y el PC chileno que era muy fuerte y realmente era un partido obrero-campesino. Esa noche en La Alameda fue realmente una fiesta del pueblo. Estuve muy emocionada allí. Y estaba Víctor Jara también en esa enorme manifestación. Creo que la Alameda nunca había sido ocupada por el pueblo, el verdadero pueblo chileno, sufrido y olvidado. Al otro día, ya comenzó algo para mí muy oscuro. Esa alegría de la noche anterior contrastaba visiblemente con los rumores cargados de odio de la clase alta.Luego saldrían las mujeres vestidas de negro. Como dirían en mi tierra, “pájaros de mal agüero”. Comenté con amigos periodistas que era peligroso lo que estaba sucediendo. Ellas serían las “caceroleras” luego contra Allende. Muchas eran esposas de militares.   Mujeres de negro, de luto, como de duelo, de un conservadurismo tan brutal, de un fascismo tan duro que  me dio  mala espina. Me decían “pero no Stella, esto no es como allá, como en Argentina, los militares son institucionalistas aquí”. Era cierto que nosotros habíamos tenido un golpe tras otro, pero a mí me quedaba la duda, pensaba en la Guerra del Pacífico, en las características prusiana del ejército chileno, que asesinaron a todos los detenidos bolivianos y peruanos. ¿Y que habían sido las represiones, como Iquique? Cuando me acerqué a esas mujeres, el odio que destilaban sus palabras era comparable con la oligarquía argentina frente a los “cabecitas negras” en los años 45-55. De ese odio había surgido la Revolución Libertadora. Que nosotros llamados aquí “fusiladora”. Soy muy intuitiva, un poco chamana y de repente miré todo eso que estaba sucediendo y me produjo una gran inquietud. Lo hable con amigos, pero era lógico que todos estuvieran en la euforia del triunfo. Yo había trabajado tanto el tema de América Latina, de la relación de dominación de Estados Unidos que pensaba que Washington no iba a tolerar al primer gobierno popular, socialista. Que había llegado al gobierno por el voto popular. Recordé lo actuado contra el gobierno del coronel Jacobo Arbenz en Guatemala, elegido por voto popular, que no surgía del socialismo, pero que hizo tanto por su pueblo en tan poco tiempo. Sólo por tocar los intereses de las fruteras como la United Fruit Company, ya agitaron los demonios y Guatemala fue invadida en 1954. No podía desprenderme de esa idea. Los constitucionalistas existían, como René Schneider, asesinado en 1970 para impedir que el Congreso votara a favor de Allende  y Carlos Prats, asesinado en Argentina en septiembre de 1974 o el general Alberto Bachelet asesinado  bajo torturas por la dictadura de Pinochet. (...)
–¿Qué sintió cuando se produjo el golpe cívico-militar de 1976 en Argentina?
–Yo ya vivía en una especie de semiclandestinidad, porque mi papel era la solidaridad, además de la escritura y fueron muchos los que buscaban refugio en mi casa. También por mis relaciones internacionales, pude ayudar a muchos a salir del país durante el accionar de la Triple A. Es decir, que mi principal problema a partir del golpe es que me había solidarizado con muchos compatriotas y además brasileros, uruguayos, bolivianos, entre otros, que estuvieron escondidos en mi casa. Yo tenía una gran disciplina, para conservar ese pequeño lugar abierto a quien lo necesitara, sin preguntar de qué partido era quien necesitaba ayuda. Recuerdo aún aquel momento en que –como ya estábamos acostumbrados desde 1955– comenzó la tradicional marchita que anunciaba un nuevo golpe. Fueron noches terribles esas primeras. En mayo fui invitada a un Congreso en México, y viajé. Pensaba que esta iba a hacer una dictadura más al estilo de Onganía o Lanusse. Creo que nadie imaginó en la magnitud del plan sistemático de secuestros, desapariciones, asesinatos y robos de bebés. Vuelvo en setiembre de ese año. En esos momentos nuestra tarea era la solidaridad y la denuncia. Debo decir que en ese momento traje dinero para compañeros que debían salir. Y por suerte lo pude entregar. Por esos días supimos de la desaparición de periodistas muy cercanos y entre ellos una joven (Patricia Villa) que en los años 74-75 había vivido en mi casa. En ese momento ya todos sabían que estar en una agenda de teléfono de algún compañero que era secuestrado, o  de cualquier amigo y más en mi caso, donde tanta gente estuvo escondida en mi departamento, era caminar en una cuerda floja temible. Andábamos fuera de nuestras casas durmiendo donde pudiéramos.Tan sólo ser amigo de alguien, o periodista comprometido o solidario era suficiente para los terroristas de Estado que se tomaron el país. Debí salir del país sin poder sacar a mis hijas que se quedaron en Buenos Aires. En México tuve ayuda de amigos muy queridos como Angelina del Valle de Wimer y su esposo el embajador Javier Wimer, el embajador Celso Delgado, Carmen Lira, Carlos Payán, una larga lista. Como dije antes, regreso en septiembre y vuelvo a salir. Luego, en 1978 (a fines), regreso a escondidas al país y con  ayuda de  gente de Brasil, como el gran escritor y sociólogo, Darcy  Ribeiro, o Luisa Mercédes Levinson y su hija Luisa Valenzuela –querida amiga– pude exiliarme con mis hijas en Panamá; también gracias a la ayuda del General Omar Torrijos cuando yo ya escribía sobre esa revolución panameña y la larga lucha por la soberanía y contra  el colonialismo impuesto a ese país ocupado, cortado en dos por la Zona del Canal, donde Estados Unidos había establecido nada menos que el Comando Sur de sus fuerzas armadas, que asolaron a América Latina en el siglo XX. En Panamá trabajé con el Grupo de Cine de la Universidad de Panamá (GECU) el primer proyecto de un cine documental de vanguardia en el Panamá torrijista en su lucha por la liberación. Allí conocí a una persona increíble, a “Chuchú” José de Jesús Martínez. Era un gran escritor, filósofo, poeta, aviador, matemático. Había nacido en Nicaragua, pero desde niño vivió en Panamá. Estudió en la Universidad de Paris (La Soborna), en Alemania, España y Estados Unidos. Era un hombre muy culto pero no lo aparentaba, siempre iba vestido como un bohemio, con sandalias o zapatillas. Hasta llegó a convertirse en guardia nacional. Lo sorprendente del caso es que se volvió militar cuando el general Torrijos lo desafió diciéndole que los intelectuales vivían en otro “mundo”. Entonces “Chuchú” con 42 años ingresó a la milicia como cadete. Y Torrijos para no generar conflictos con los militares de carrera, lo nombró simple escolta. Pero en realidad “Chuchú” era su hombre de confianza, su asesor. Fue él quien hizo posible el acercamiento de la causa panameña con algunos escritores del mundo como Graham Greene, Gabriel García Márquez, entre otros. (...)
–¿Cómo se hacía periodismo en plena construcción revolucionaria?
–Se decidió crear la Agencia Nueva Nicaragua (ANN); porque la desinformación iba a caer sobre la revolución de una manera brutal. Fue entonces que un día pasábamos por el popular Mercado Central (donde se vendía de todo) y Carlos García, quien fue director de la ANN vimos que vendían “una máquina de escribir con teléfono” así lo anunciaban. Era un Télex. Se juntó dinero y lo compramos. Lo instalamos en un edificio casi destruido de lo que había sido Telcor en el piso 11. En esta experiencia además  de Carlos García y William Grisby y un grupo de compañeros nicaragüenses, estuvo también Antonio Peredo (una de las figuras más importantes del Movimiento al Socialismo que gobierna en Bolivia), y la periodista chilena Eugenia Saúl, y otros colegas cubanos y argentinos, como Alberto Pipino, todos muy valiosos. Enviado por la UNESCO estuvo también asesorando José María Pasquíni Durán.Las condiciones en que trabajábamos eran paupérrimas. En los primeros tiempos escaseaba la comida: un poco de frijoles, arroz; comíamos lo que había. También en la noche, muchos nos quedábamos de guardia, acompañando a los compañeros de vigilancia, ante un  posible ataque de los “contras”. La ANN pasó a ocupar una vieja casa entre los escombros  nunca removidos por el dictador Somoza, de lo que fue el terrible terremoto que destruyó el viejo centro histórico de Managua.   Aunque teníamos estas condiciones adversas, las notas periodísticas eran de muy buena calidad. Como había una sola máquina nos turnábamos para escribir. De esa manera se iba construyendo la Agencia; que también fue utilizada como una pequeña escuela para formación de periodistas en la práctica cotidiana. La Agencia Nueva Nicaragua fue una experiencia maravillosa. Y también hay que destacar que en esos tiempos se estaba luchando por un nuevo periodismo  a nivel internacional en organizaciones como la Federación Latinoamericana de Periodistas y cuando el  Movimiento de los Países No Alineados estaba pensando que cada país debía tener su propia agencia, un proyecto de información propia, liberador de viejas ataduras. En este contexto pudimos recibir alguna ayuda que nos permitió instalar una buena redacción. Y logramos algo muy superador, que fue un mecanismo de contrainformación. Nos adelantábamos a los proyectos que preanunciaban una guerra sicológica sin cuartel y lográbamos pequeños pero sólidos triunfos. (...) 
–Ante la barbarie de las dictaduras latinoamericanas en los ‘70, México aparecía como tierra fértil para un nuevo periodismo                                                            
–Absolutamente, como lo he dicho siempre, México es una segunda patria para muchos exiliados, y nos abrió nuevos horizontes. Considero que fue el comienzo de una nueva historia en América Latina. Creo que esa diáspora hizo que nos encontráramos y conociéramos. Y aunque nos sentimos amados y protegidos en muchos sitios centroamericanos, México abrió tantas puertas y posibilidades, que hay un antes y después para todos nosotros.  
–¿En qué año vuelve al país? 
–El primer regreso después de la dictadura fue en 1984 cuando muchos fuimos repatriados por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). Luego regreso a Centroamérica. Era corresponsal del Unomásuno y de El Periodista de Buenos Aires y también de la ANN. Regreso después de la invasión a Panamá  en 1989 y luego voy a México a trabajar en el Diario El Día y soy editora general de El Día Latinoamericano. También jefe de internacionales de la revista Siempre de México y otras.  A partir de 1993  soy corresponsal del diario mexicano La Jornada (que se formó con gente del Unamásuno con un capital base de la venta de pinturas donadas por varios pintores y por derechos donados por escritores como García Márquez y otros) en Sudamérica con sede en Buenos Aires. La Jornada es el periódico de las universidades, de los sindicatos, es multiplicador en ese aspecto. Uno de los más leídos por Internet en todo el mundo. En todos esos tiempos viajé, testimonié guerras y realicé entrevistas a personajes que hicieron historia como el coronel libio Muammar Khadafi, Yaser Arafat, Torrijos y una serie de presidentes y jefes de Estado.  (...)
–¿Y cómo ve al periodismo en la actualidad?                       
–Hubo un cambio brutal. En otras épocas teníamos más oportunidades en los medios. Pero ahora ya no es lo mismo. Se cuidan para escribir. La mayoría de los trabajadores de prensa se autocensuran por exigencia de la línea editorial del monopolio informativo. Hoy se hace un periodismo que responde más a intereses económicos y políticos de grandes corporaciones que a los de la sociedad. A esos grupos les interesa destruir un país para apoderarse de él en una acción recolonizadora que está trazada en planes de dominación para este siglo XXI. No existen espacios para los jóvenes. Si un joven valiente quiere escribir algo-salvo que al medio le convenga porque tocan intereses que pueden salpicar a un gobierno- lo dejan hacer. De lo contrario, es imposible denunciar algo. Por ejemplo, Claudio Díaz (fallecido en el año 2011), excelente periodista, premio Latinoamericano José Martí perdió su trabajo porque tuvo una posición distinta a la del diario Clarín donde trabajaba, con respecto al conflicto de los sectores agropecuarias-terratenientes y el gobierno de la Presidenta Cristina Fernández por las retenciones a la exportación de soja.                                                                                Antes el periodismo con todas las persecuciones y dictaduras, tenía algún espacio donde podía publicar. (…)
–Con su vasta trayectoria y experiencia en el oficio ¿Para qué sirve el periodismo?
–Yo creo que bien lo podemos ver analizando su historia, los primeros periódicos, por ejemplo el papel de Mariano Moreno16 en la gesta de Mayo de 1810; el periodismo es utilizado como herramienta en momentos de independencia, de liberación, de luchas anticoloniales. La labor periodística honesta funciona como expresión de necesidades masivas en momentos históricos. Pero también es el gran vínculo entre los pueblos. No diría yo la palabra servir. El periodismo  es hoy por hoy lo que será la historia contada día por día en el futuro. Aún con esta mala información podemos reconstruir episodios históricos con mayor veracidad que en el pasado. De alguna manera recoge la vida cotidiana de los pueblos, las luchas, las resistencias, los comportamientos sociales. El periodismo aún en estas condiciones denuncia, da luces, escarba en las oscuridades. Con el paso del tiempo vemos que los periodistas que han trascendido  son los que precisamente se arriesgaron por la verdad, porque esta se impone tarde o temprano.                                                                                   Desde mi punto de vista el periodismo funciona como una actitud de militancia, de buscar la verdad histórica para difundirla y hacerla libre de las cuevas donde el poder la oculta. La necesidad es rescatar la verdad en estos tiempos de todo tipo de resistencia, incluso cultural, que a veces ni se considera como el hecho de resistir a un poder de oscuras tendencias para retornar al colonialismo de otros  tiempos. En mi caso particular, el periodismo fue la búsqueda de “la palabra secuestrada” y de los pueblos olvidados. Unir todo esto y hacer un trabajo consecuente. Un lugar del periodista, por más que esté solo, es estar junto al pueblo y los perseguidos. Creo que esa es la idea básica. También habría que destacar el periodismo de la descolonización. Ha sido vital. Y se puede apreciar en el trabajo de Franz Fanon en su libro  Los condenados de la tierra. Además  el prólogo fue escrito por Jean Paul Sartre18. Es una pieza de una intensidad literaria y lírica también de una fuerza antiimperialista que yo no dudo en  calificar como duramente radiante. Aspiro personalmente  a un periodismo donde el lenguaje juegue sus juegos uniendo diversos géneros. Un periodismo vital, para la vida, con belleza, con responsabilidad humana y social. En este momento yo creo que podemos dar una  pelea anticolonial a  partir de un lenguaje que América Latina ha ido imponiendo al mundo. Un lenguaje de esplendor e irradiación.
–¿Cuál cree que sería un ejemplo de periodista?
–Hay muchos ejemplos. Personalmente a una persona que cito mucho por el contenido de su trabajo, por el lenguaje y su mirada profunda, es el polaco Ryszard Kapuscinski. Es uno de los lenguajes más depurados del periodismo mundial. De nivel muy alto. Su descripción de los elementos que lo rodean en el marco de una realidad brutal, de guerras, o personajes como el ex Sha de Irán y su caída. Libros que fueron antes notas para revistas que enviaba desde frentes de guerra, donde ningún detalle humano se le escapaba. Ningún periodista joven debiera desconocerlo. De la misma manera he seguido al formidable escritor británico Graham Green. A pesar de ser un hombre de un país colonialista por excelencia, tenía sus miradas propias y sus notas sobre los países en que se movió como corresponsal son de una percepción y un  lenguaje extraordinario. Son muchos. En su momento  Gabriel García Márquez, cuyo nombre cito como un símbolo de otros tantos.  
–¿Y un periodista argentino?
–Rodolfo Walsh creo que no ha sido superado. Sus investigaciones periodísticas sobre los fusilamientos de José León Suarez, que leímos en ese libro insuperable de Operación Masacre. O Esa mujer, sobre Eva Perón. Luego en otro ámbito esa carta a La Junta Militar en 1977, que es una síntesis de un valor de periodismo extraordinario. Lo nombraría a él como un ejemplo ético, muy profundo, por sus valores literarios, de lenguaje, de esencia periodística. Rodolfo Walsh es un modelo para siempre del periodismo nacional y mundial y en él nombro a otros admirables periodistas argentinos, cronistas insuperables, pero no quiero dejar nadie por fuera por eso hago la síntesis en Walsh. Ese nombre los contiene a todos.  


La conversación
El prólogo de Fidel Castro es el broche de un libro basado en una extensa y muy jugosa conversación con la periodista, escritora, investigadora, corresponsal de La Jornada de México para Latinoamérica, integrante de la conducción de la UTPBA y de la Comisión de Investigación de Atentados a Periodistas de la Federación Latinoamericana de Periodistas (CIAP-FELAP). Stella Calloni  recorre su vida y su profesión, además de aportar un análisis de la realidad regional y mundial.
Julio Ferrer nació en 1976. Periodista, escritor y docente. Colaboró en la revista La Pulseada, en el periódico de las Madres y en el diario Diagonales. Autor de Osvaldo Bayer íntimo. Conversaciones con el Eterno Libertario (Ed. Madres de Plaza de Mayo, 2007; Continente, 2012); Osvaldo Bayer por otras voces (Edulp, 2008) y El Oficio de Periodista. Entrevistas a Calloni, Bayer, Rogelio García Lupo, Rodolfo Braceli y Horacio Verbitsky, entre otros (Punto de Encuentro, 2010). Por su parte, Héctor Bernardo nació en 1973. Licenciado en Comunicación Social, periodista y docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, colaboró en las revistas Veintitrés y La Pulseada y el diario Diagonales. Es jefe de redacción de la Revista2016. Junto a Gregorio Dolce, publicó Bisagra K. El Kirchnerismo en el contexto latinoamericano. ¿Apertura o cierre de una etapa? (Ediciones Acercándonos 2013).
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